El placer de leer
Es
curioso cómo la vida de una persona cambia con el simple hecho de leer un
libro; miro con recelo las bibliotecas marchitas, porque son verdaderos
cementerios, cadáveres que de verdad están muertos, porque nadie se atreve a mirarlos.
Es cierto, los lectores nos parecen seres extraños; los vemos como personas obsoletas
que cargan libros en su boca. Una especie de misterio habita el alma del
lector, que pervive en sus soledades, una soledad demasiado ruidosa, llena de
pensamientos, de visiones e ideas inconclusas. Yo, que enseño a leer, a veces
peco de arrogante cuando aspiro un poco de aire para decirles que los libros me
salvaron la vida. Aun así, me ven como un igual, pensando que puedo ser muchas
cosas, menos alguien aburrido. Para mí, es solo una forma de reposo, de
serenidad.
Por esta
razón, lo que me mueve como lector a esa constante búsqueda, es ver en el mundo
un misterio, tal vez la única razón coherente para leer un buen libro.
Es así
como Bohumil Hrabal, en su libro Una soledad demasiado ruidosa,
cree en este misterio, porque su propia vida está a merced de fuerzas que solo
existen en el lomo de un viejo libro.
Digamos
que la historia es bien particular. Un hombre, con una vida bastante simple, se
sumerge en la lectura de los libros que luego debe prensar en una máquina. La
gran cantidad de libros que llegan a una recicladora, algunos manchados
con la sangre de animales del matadero, son de una gran riqueza. Desde
filosofía, hasta textos de los clásicos de la literatura, largos tomos de
historia, libros de arte, hasta textos nazis, pasan por los débiles ojos del
prensador, que alucina con viejos autores, gracias a una desmedida cantidad de
licor en su sangre. Y así, cada lectura, para Haňt’a, es una bala que atraviesa
su cuerpo, siendo culto en contra de sí mismo.
La
historia detrás del libro suele ser igualmente curiosa; nada más pensar que
esta novela antes era una serie de folletines, que el mismo autor repartía sin
ninguna intención. Hundido en la pobreza, obrero, trabajador del metal y
prensador de libros, Bohumil Hrabal, derrama en su libro ideas sobre la crisis
de una sociedad comunista que censuraba libros, quemándolos y tirándolos.
Grandes bibliotecas se extinguieron porque el conocimiento contrario a una idea
establecida, era un peligro para la sociedad. Haňt’a, el viejo y solitario
prensador, no es otra cosa que el alter ego del autor. Es entonces que esta
idea de "ser culto en contra de sí mismo", adquiere una brillante
forma, mientras Hrabal, nos cuenta como aquel hombre, presa de las
alucinaciones causadas por el licor, imagina fervientes debates de Jesús y
Lao-Tse.
En
consecuencia, para él, leer era un asunto vital. Haňt’a no leía, tragaba,
comía, regurgitaba, se hastiaba, tomaba, extraía, probaba, deglutía. Por
ejemplo, "tomaba una frase y la saboreaba como si fuese un caramelo de
menta. Me inundaba la grandeza desmesurada y la infinita pluralidad, me invadía
la belleza, la belleza caía sobre mí como un riego, de todos lados, el cielo
visto a través del agujero del patio interior encima de mi cabeza".
Ese
cielo, que no era humano, le recordaba el infinito, la melancolía de existir en
un mundo lleno de apariencias, de prejuicios, de máscaras. Era feliz con
Maruja, con su amigo el filósofo. Pero los libros, le ayudaron a prever una
especie de calma, cuando aún, esa pequeña gitana, raptada por hombres
violentos, le arrebató la serenidad. Así, justo cuando se dio cuenta que ya
nada tenía sentido, encontró en el ritual del leer cada libro antes de tirarlo,
una especie de amarga felicidad. La alegría del pobre, de aquel que ya lo ha
perdido todo, y aun así sigue en píe.
Esta
historia, me recuerda una anécdota que escuché hace mucho tiempo, mientras me
sentaba en los amplios galpones de mi universidad, cuando era estudiante. Una vez,
en un simposio de filosofía en la ciudad de Manizales, un viejo y acabado
campesino llegó al teatro, sentándose en la primera fila para escuchar las
ponencias, esa fría tarde. Cuando los eminentes doctores, terminaron sus
ponencias, cual posesión de algún espíritu, este campesino desató el miedo en
el teatro. Hablaba de Hegel, Kant, Heidegger, Platón y Aristóteles de una
manera tan lúcida que muchos quisieron tocar sus manos para ver si era verdad
lo que estaban viendo.
Justo
cuando salieron, terminando el simposio, una gran variedad de doctos hombres y
mujeres, se reunieron a su alrededor para escuchar su historia. Resulta que
este viejo campesino era un reciclador de libros, que buscaba papel en
bibliotecas abandonadas y librerías quebradas, por la falta de lectores. Cuenta
el viejo que un día, presa del misterio le pidió a un amigo profesor que le
enseñara a leer filosofía. Su amigo le enseñó bien y se dedicó años tras años a
recolectar los mejores libros que tiraban para leerlos. Este viejo campesino,
me recuerda a Haňt’a, un poco a mi persona y también la mirada insegura,
escéptica de mis estudiantes. Un lector a la final es un recolector, que se
hunde en el misterio de las palabras, como Haňt’a, Hrabal y la gran cantidad de
lectores que construyeron nuestro mundo.
Finalmente,
desde hace años yo mismo me he considerado ese tipo de lector, uno que por
fuerza natural necesita leer para existir, que construye su mundo, su realidad.
Pero no cabe duda que esa fuerza que nos mueve a todos no es otra que el
placer, el deseo de saber. Tal como podría decir Michael Onfray, el placer es
la fuerza que permite la vida y su curso. Me encantaría escuchar otra vez ese
mismo estudiante, que alguna vez me dijo muy seguro de sí mismo, que derramaría
ríos de tinta hablando de lo malo que es este libro, y sea capaz de sostener
una vez termine la lectura, esta misma insinuación aun sabiendo que nunca fue
capaz de darle una oportunidad, sincera, humilde y modesta. Se llena la boca
hablando de placeres y aun así no es capaz de sostener que estas palabras,
resuenan en su cuerpo como una bala. Haňt’a tenía razón, leer es como preparar
una bala que atraviesa nuestro cuerpo y lo desgarra en dos. Malditas y benditas
palabras.


Una acertada forma de expresar que nos motiva a leer, igual que usted comparto la idea de que lo que nos motiva leer es la curiosidad. Pero ¿Que tipo de curiosidad? la curiosidad es un termino muy vago e implica un gran bagaje de acciones, desde mi perspectiva el fin ultimo del impulso de la curiosidad es aprender. ¿Que me motiva ami a leer un libro de 1200 paginas sobre enfermedades mentales? El saber, ese es mi motor, aunque es verdad, que a veces prefiero leer algo mas suave, mas relajante diría yo, por ejemplo el pequeño Principito, pero aun así estoy aprendiendo implícitamente de las enseñanzas de su autor Anotine de Sain- Exupéry y su perspectiva del mundo.
ResponderEliminarEn fin sería muy atrevido de mi parte decir que los libros solo sirven para aprender, muy bien usted lo ha escrito, que un libro es un cóctel de emociones y cada persona tiene su propia definición de lo que es un buen cóctel.
Muy acertada tu respuesta, y me gusta lo que dices en tu comentario. Lo que nos anima a leer es la curiosidad por aprender. Muchas gracias por tu comentario.
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